Es un escrito privado que goza de licencia eclesi√°stica, para que pueda imprimirse y leerse.
Se trata de un testimonio impresionante de un alma condenada, hablando acerca de lo que la llevó al Infierno.
La ‚Äúcarta del m√°s all√°‚ÄĚ que se transcribe se refiere a la condenaci√≥n eterna de una joven.
A primera vista parece una historia novelada.
Pero considerando las circunstancias se llega a la conclusión de que no deja de tener su fondo histórico, a partir de su sentido moral y su alcance trascendental.

MANUSCRITO HALLADO EN UN CONVENTO

El original de esta carta fue encontrado entre los papeles de una religiosa fallecida, amiga de la joven condenada.
All√≠ cuenta la monja los acontecimientos de la vida de su compa√Īera como si fueran hechos conocidos y verificados, as√≠ como su condenaci√≥n eterna comunicada en un sue√Īo.
La Curia diocesana de Treves (Alemania) autorizó su publicación como lectura sumamente instructiva.

La ‚ÄúCarta del m√°s All√°‚ÄĚ apareci√≥ por primera vez en un libro de revelaciones y profec√≠as, junto con otras narraciones.

Fue el Rvdo. Padre Bernhardin Krempel C.P., doctor en teología, quien la publicó por separado y le confirió mayor autoridad al encargarse de probar, en las notas, la absoluta concordancia de la misma con la doctrina católica.

‚ÄćEntre los manuscritos dejados en su convento por una religiosa, que en el mundo se llam√≥ Clara, se encontr√≥ el siguiente testimonio.

puertas del infierno

EL RELATO DE CLARA: LA MUERTE DE ANI

Tuve una amiga, Anita.
Es decir, √©ramos muy pr√≥ximas por ser vecinas y compa√Īeras de trabajo en la misma oficina.
Más tarde, Ani se casó y no volví a verla.

Desde que nos conocimos, había entre nosotras, en el fondo, más amabilidad que propiamente amistad.

Por eso, sentí muy poco su ausencia cuando, después de su casamiento, ella fue a vivir al barrio elegante de las villas, lejos del mío.

Durante mis vacaciones en el Lago de Garda (Italia), en septiembre de 1937, recibí una carta de mi madre en la que me decía:
‚ÄúAnita N muri√≥ en un accidente automovil√≠stico. La sepultaron ayer en Wald Friendhof‚ÄĚ.

Me impresioné mucho con la noticia. Sabía que mi amiga no había sido propiamente religiosa.

¬ŅEstar√≠a preparada para presentarse ante Dios?

¬ŅEn qu√© estado la habr√≠a encontrado su muerte s√ļbita?Al d√≠a siguiente escuch√© misa, comulgu√© por la intenci√≥n de Anita, en la casa del pensionado de las hermanas, donde estaba viviendo. Rezaba fervorosamente por su eterno descanso, y por esta misma intenci√≥n ofrec√≠ la Santa Comuni√≥n.

‚ÄćDurante todo el d√≠a percib√≠ un cierto malestar, que fue aumentando por la tarde.

Dormí inquieta.Me desperté de improviso, escuchando algo así como una sacudida en la puerta del cuarto. Encendí la luz.

El reloj indicaba las doce y diez minutos. Abrí la puerta y nada. Tampoco ruidos.

‚ÄćTan solo las olas del Lago de Garda golpeando mon√≥tonas contra el muro del jard√≠n del pensionado. No hab√≠a viento.

‚ÄćYo conservaba la impresi√≥n de que al despertar encontrar√≠a, adem√°s de los golpes de la puerta, un ruido de brisa o viento, parecido al que produc√≠a mi jefe de la oficina, cuando de mal humor tiraba sobre mi escritorio una carta que lo molestaba.

Reflexioné un instante si debía levantarme.

‚Ä欰No! Todo no es m√°s que sugesti√≥n, me dije. Mi fantas√≠a est√° sobresaltada por la noticia de la muerte.Me di vuelta en la cama, rec√© algunos Padrenuestros por las √°nimas y me dorm√≠ de nuevo.

columnas del infierno

LE LLEGA UNA CARTA DE ANI

So√Ī√© entonces que me levantaba de ma√Īana, a las 6, yendo a la capilla.
Al abrir la puerta del cuarto, me encontré con una cantidad de hojas de carta.
Al levantarlas, reconocer la letra de Anita y dar un grito, fue cosa de un segundo.

Temblando, las sostuve en mis manos.Confieso que quedé tan aterrorizada que no pude rezar.

Apenas respiraba.Nada mejor que huir de allí, salir al aire libre.Me arreglé rápidamente, puse la carta dentro de mi cartera y salí en seguida.Subí por el tortuoso camino, entre olivos, laureles y quintas de la villa, más allá del conocido camino gardesano.

‚ÄćLa ma√Īana aparec√≠a radiante.En los d√≠as anteriores, yo me deten√≠a cada cien pasos, maravillada por la vista que ofrec√≠an el lago y la Isla de Garda.

‚ÄćEl suav√≠simo azul del agua me refrescaba; como una ni√Īa que mira admirada a su abuelo, as√≠ contemplaba, extasiada, al ceniciento monte Baldo, que se levanta en la orilla opuesta del lago, hasta los 2.200 metros de altura.Ese d√≠a no ten√≠a ojos para todo eso.

‚ÄćDespu√©s de caminar un cuarto de hora, me dej√© caer maquinalmente sobre un banco ubicado entre dos cipreses, donde la v√≠spera hab√≠a le√≠do con placer ‚ÄúLa doncella Teresa‚ÄĚ.

‚ÄćPor primera vez ve√≠a en los cipreses el s√≠mbolo de la muerte, algo en lo que antes no hab√≠a pensado.

Tomé la carta. No tenía firma. Sin la menor duda, estaba escrita por Ani.
No faltaba la gran ‚Äús‚ÄĚ, ni la ‚Äút‚ÄĚ francesa, a la que se hab√≠a acostumbrado en la oficina, para irritar al Sr. G.
Era su estilo. Por lo menos, era así como hablaba de costumbre.

Lo habitual en ella era la conversación amable, la risa, subrayada por los ojos azules y su graciosa nariz…

‚ÄćS√≥lo cuando discut√≠amos asuntos religiosos se volv√≠a mordaz y ca√≠a en el tono rudo de la carta.

Yo misma me siento envuelta por su excitada cadencia.

Hela aqu√≠, la Carta del M√°s All√° de Anita N., palabra por palabra, tal como la le√≠ en el sue√Īo.

tortura el el infierno budista

UNA CARTA DE ADVERTENCIA

CLARA, NO RECES POR M√ć, ESTOY CONDENADA.
Si te doy este aviso ‚Äď es m√°s, voy a hablarte largamente sobre esto ‚Äď no creas que lo hago por amistad.
Quienes estamos aquí ya no amamos a nadie.
Lo hago como obligada.
Es parte de la obra ‚Äúde esa potencia que siempre quiere el mal y realiza el bien‚ÄĚ.
En realidad, me gustaría verte aquí, adonde llegué para siempre.
No te extra√Īes de mis intenciones. Aqu√≠, todos pensamos as√≠.

Nuestra voluntad est√° petrificada en el mal, es decir, en aquello que ustedes consideran ‚Äúmal‚ÄĚ.

‚ÄćA√ļn cuando pueda hacer algo ‚Äúbien‚ÄĚ (como yo lo hago ahora, abri√©ndote los ojos ante el infierno), no lo hago con recta intenci√≥n.

‚Äć¬ŅRecuerdas? Hace cuatro a√Īos que nos conocimos, en M.

Ten√≠as 23 a√Īos y ya trabajabas en el escritorio desde seis meses antes, cuando yo ingres√©.

‚ÄćVarias veces me sacaste de apuros.

Con frecuencia me dabas buenos avisos que a mí, principiante, me venían muy bien.

Pero, ¬Ņqu√© es ‚Äúbueno‚ÄĚ?Yo ponderaba, en aquel entonces, tu ‚Äúcaridad‚ÄĚ.

Ridículo… Tus ayudas eran pura ostentación, algo que desde entonces sospechaba.

Aquí, no reconocemos bien alguno en absolutamente nadie.
Pero ya que conociste mi juventud, es el momento de llenar algunas lagunas.
De acuerdo con los planes de mis padres, yo nunca tendría que haber existido.
Por un descuido se produjo la desgracia de mi concepción.
Mis hermanas ten√≠an 14 y 16 a√Īos cuando vine al mundo.
¬°Ojal√° no hubiera nacido!.Ojal√° pudiera ahora aniquilarme, huir de estos tormentos!

No hay placer comparable al de acabar mi existencia, así como se reduce a cenizas un vestido, sin dejar vestigios.

Pero es necesario que exista.

‚ÄćEs preciso que yo sea tal como me he hecho: con el fracaso total de la finalidad de mi existencia.

Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia.

Era mejor así.

‚ÄćManten√≠an relaciones con personas desvinculadas de la religi√≥n.

Se conocieron en un baile, y se vieron ‚Äúobligados‚ÄĚ a casarse seis meses despu√©s.

En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mam√° a la misa dominical unas pocas veces al a√Īo.

‚ÄćElla nunca me ense√Ī√≥ verdaderamente a rezar.

Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala.

Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión.
Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas.
Todo es tormento.
Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.
infierno

ENCADENADOS ESPIRITUALMENTE

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia.

¡Cómo me atormenta esto!

‚ÄćNo comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies.

Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio.

¬ŅEntiendes?

Aquí bebemos el odio como si fuera agua.
Nos odiamos unos a otros.
M√°s que a nada, odiamos a Dios.
Quiero que lo comprendas.

Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza

.Esto los hace indescriptiblemente felices.

Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece.

‚ÄćLos hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creaci√≥n y por la Revelaci√≥n, pueden amarlo.

Pero no est√°n obligados a hacerlo.

‚ÄćEl creyente ‚Äď te lo digo furiosa ‚Äď que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminar√° por amarlo.

‚ÄćPero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un d√≠a fue repudiado, como ocurri√≥ con nosotros, √©sta no podr√° sino odiarlo, como nosotros lo odiamos.

Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad.
Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal.
Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¬ŅComprendes ahora por qu√© el infierno dura eternamente?

Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina.

Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, a√ļn con nosotros.

Digo ‚Äúcontra mi voluntad‚ÄĚ porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querr√≠a.

Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos.

Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar.

‚ÄćDios fue misericordioso con nosotros porque no permiti√≥ que derram√°ramos sobre la tierra el mal que hubi√©ramos querido hacer.

Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo.
Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El m√°s de lo que estamos, en este remoto lugar infernal.

Eso disminuye el tormento.

‚ÄćCada paso m√°s cerca de Dios me causar√≠a una aflicci√≥n mayor que la que te producir√≠a un paso m√°s rumbo a una hoguera.

‚ÄćTe desagrad√© un d√≠a al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos d√≠as antes de mi comuni√≥n: ‚ÄúAl√©grate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es m√°s que una burla‚ÄĚ.

Casi me averg√ľenzo de tu desagrado. Ahora me r√≠o.

Lo √ļnico razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los ni√Īos a los doce a√Īos.

‚ÄćYo ya estaba, en aquel entonces, bastante pose√≠da por el placer del mundo.

Sin escr√ļpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas.

No tomé en serio la comunión.

‚ÄćLa nueva costumbre de permitir a los ni√Īos que reciban su primera comuni√≥n a los 7 a√Īos nos produce furor.

Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión.

‚ÄćEs necesario que los ni√Īos hayan cometido algunos pecados mortales.

La blanca Hostia ser√° menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo ‚Äď escupo sobre todo esto ‚Äď todav√≠a est√°n vivos en el coraz√≥n del ni√Īo.

hombres que caen en el infierno

LA MUERTE DEL PADRE DE ANI

¬ŅTe acuerdas que yo pensaba as√≠ cuando estaba en la tierra?Vuelvo a mi padre.

Peleaba mucho con mam√°.Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba.

Qu√© cosa rid√≠cula la verg√ľenza.

Aquí, todo es lo mismo.Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto.

‚ÄćYo dorm√≠a con mam√°, pap√° lo hac√≠a en el cuarto contiguo, donde pod√≠a volver a cualquier hora de la noche.

‚ÄćBeb√≠a mucho y se gast√≥ nuestra fortuna.Mis hermanas estaban empleadas, dec√≠an que necesitaban su propio dinero.

Mam√° comenz√≥ a trabajar.Durante el √ļltimo a√Īo de su vida, pap√° la golpe√≥ muchas veces, cuando ella no quer√≠a darle dinero.

‚ÄćConmigo, √©l siempre fue amable.Un d√≠a te cont√© un capricho del que quedaste escandalizada.

‚Äć¬ŅY de qu√© no te escandalizaste de m√≠?Cuando devolv√≠ dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable.
Hoy, sin embargo, debes saberlo.
Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí.
Yo dormía en el cuarto de mamá.
Su respiraci√≥n regular revelaba un sue√Īo profundo.
Entonces, escuché pronunciar mi nombre.
Una voz desconocida murmur√≥: ‚Äú¬ŅQu√© ocurrir√° si muere tu padre?‚ÄĚ

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre.

En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo.

‚ÄćEl amor sin esperanza de retribuci√≥n en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia.

No era √©se mi caso. ‚ÄúCiertamente, √©l no morir√°‚ÄĚ, le respond√≠ al misterioso interlocutor.

Tras una breve pausa, escuch√© la misma pregunta. ‚Äú¬°El no va a morir!‚ÄĚ, repliqu√© con brusquedad.

Por tercera vez, me preguntaron: ‚Äú¬ŅQu√© ocurrir√° si muere tu padre?‚ÄĚ.
Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos.
Entonces, respond√≠ con rabia: ‚ÄúBien, es lo que se merece. ¬°Que muera!‚ÄĚ.
Después, todo quedó en silencio.

A la ma√Īana siguiente, cuando mam√° fue a ordenar el cuarto de pap√°, encontr√≥ la puerta cerrada

.Al mediodía, la abrieron por la fuerza.

Pap√°, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama.

Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal.

Desde hacía tiempo que estaba enfermo.

‚Äć(¬ŅHabr√° hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtenci√≥n de m√°s tiempo y ocasi√≥n de convertirse?).

cielo o infierno

REZAR PARA NUESTRA SALVACI√ďN

Marta K. y t√ļ me hicieron ingresar en la asociaci√≥n de j√≥venes.

Nunca te ocult√© que consideraba demasiado ‚Äúparroquiales‚ÄĚ las instrucciones de las dos directoras, las se√Īoritas X.

Los juegos eran bastante divertidos.Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante.

Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones.

Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar.Para decir la verdad, no tenía nada para confesar.

‚ÄćLos pensamientos y las palabras no significaban nada para m√≠. Y para acciones m√°s groseras todav√≠a no estaba madura.

Un d√≠a me llamaste la atenci√≥n: ‚ÄúAna, si no rezas m√°s, te perder√°s‚ÄĚ.‚Äć
Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad.
Sin duda tenías razón.
Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco.

La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo.

Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar.

La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa contin√ļo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto m√°s de tanta rabia.

‚ÄćRezar es lo m√°s f√°cil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facil√≠simo, Dios hace depender nuestra salvaci√≥n.

Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el m√°s empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello.
Durante los √ļltimos a√Īos de mi vida ya no rezaba m√°s, priv√°ndome as√≠ de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aqu√≠, no recibimos ning√ļn tipo de gracia. Aunque la recibi√©ramos, la rechazar√≠amos con escarnio.

‚ÄćTodas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida.

‚ÄćEn la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia.

‚ÄćDe la gracia, se puede caer al pecado.Muchas veces ca√≠ por debilidad; pocas, por maldad.

‚ÄćCon la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable.A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen m√°s dif√≠ciles.

Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas.
Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tr√°nsito final, con los √ļltimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta seg√ļn las costumbres de toda su vida.

El h√°bito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza.

Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo.

‚ÄćViv√≠ a√Īos enteros apartada de Dios. En consecuencia, en el √ļltimo llamado de la gracia, me decid√≠ contra Dios.

La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme m√°s.

Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad.

‚ÄćMis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¬ŅAcaso podr√≠a querer aumentar mis dudas interiores?

‚ÄćFinalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto cr√≠tico, poco antes de salir de la ‚ÄúAsociaci√≥n de J√≥venes‚ÄĚ, me habr√≠a sido muy dif√≠cil cambiar de rumbo.

‚ÄćMe sent√≠a insegura y desdichada. Pero frente a la conversi√≥n se levantaba una muralla.

‚ÄćNo sospechaste que fuera tan grave.Cre√≠as que la soluci√≥n era tan simple, que un d√≠a me dijiste: ‚ÄúTienes que hacer una buena confesi√≥n, Ani, todo volver√° a ser normal‚ÄĚ.

‚ÄćMe daba cuenta que ser√≠a as√≠.Pero el mundo, el demonio y la carne, me reten√≠an demasiado firme entre sus garras.

Nunca cre√≠ en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio act√ļa poderosamente sobre las personas que est√°n en las condiciones en que yo me encontraba entonces.

Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado.
Y a√ļn esto, poco a poco.
puerta del infierno fondo

EL DEMONIO QUE ROBA ALMAS

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio.

El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia.

Pero, como castigo por su casi total apostas√≠a, Dios permite que el ‚Äúmaligno‚ÄĚ se anide en ellos.
Yo también odio al demonio.
Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos.

Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben

.A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

‚ÄćCada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan a√ļn m√°s sus tormentos.

Pero, ¡de qué no es capaz el odio

!Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba.

‚ÄćYo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hac√≠a muchas veces por una inclinaci√≥n de mi temperamento.

‚ÄćA veces, Dios me atra√≠a a una Iglesia. All√≠, sent√≠a una cierta nostalgia.

‚ÄćCuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el d√≠a, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente.

Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía.

‚ÄćQued√© tan impresionada, que estuve s√≥lo a un paso de mi conversi√≥n. Lloraba.

Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derram√°ndose como un torrente sobre la gracia.
Las espinas ahogaron el trigo.
Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza.

‚ÄćPensaste que eso lo hac√≠a por pereza, sin sospechar que, ya entonces, hab√≠a dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento.

Ahora creo, aunque s√≥lo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas se√Īales y efectos se perciben.
En este interín, me había fabricado mi propia religión.
Me gustó la opinión generalizada en la oficina, de que después de la muerte el alma volvería a este mundo en otro ser, reencarnándose sucesivamente, sin llegar nunca al fin.

Con esto, estaba resuelto el angustiante problema del m√°s all√°.

‚ÄćImagin√© haberlo hecho inofensivo.¬ŅPor qu√© no me recordaste la par√°bola del rico Epul√≥n y del pobre L√°zaro, en la que el narrador, Cristo, envi√≥ despu√©s de la muerte a uno al infierno y al otro al Cielo?

Pero, ¬Ņqu√© habr√≠as conseguido?No mucho m√°s de lo que conseguiste con todos tus otros discursos beatos.

Poco a poco me fui fabricando un dios: con atributos suficientes para ser llamado así.
Bastante lejos de mí, como para que no me obligara a tener relaciones con él.
Suficientemente confuso, como para poder transformarlo a mi antojo.
De este modo, sin cambiar de religión, yo podía imaginarlo como el dios panteísta del mundo o pensarlo, poéticamente, como un dios solitario.

Este ‚Äúdios‚ÄĚ no ten√≠a Cielo para premiarme, ni infierno para asustarme. Yo lo dejaba en paz. En esto consist√≠a mi culto de adoraci√≥n.

Es f√°cil creer en lo que agrada.
Con el transcurso de los a√Īos, estaba bastante persuadida de mi religi√≥n.
Se vivía bien así, sin molestias.
Sólo una cosa podría haber roto mi suficiencia: un dolor profundo y prolongado.
Pero este sufrimiento no llegó.
¬ŅComprendes ahora el significado de ‚ÄúDios castiga a aquellos que ama‚Äú?
puerta del infierno fondo

LA CONQUISTA Y LA VIDA CON MAX

Durante un domingo de julio, la Asociación de Jóvenes organizaba un paseo de A.

Me gustaban las excursiones, pero no los discursos ins√≠pidos y dem√°s beater√≠as.Otra imagen, muy diferente de la de Nuestra Se√Īora de las Gracias de A., estaba desde hac√≠a poco en el altar de mi coraz√≥n.‚Äć

Era el distinguido Max, del almacén de al lado.

Ya habíamos conversado entretenidos, varias veces.

Justamente ese domingo me invitó a pasear

‚Äć.La otra, con la que acostumbraba a salir, estaba enferma en el hospital.

El había comprendido que lo miraba mucho.

Pero yo no pensaba en casarme todavía.

‚ÄćSu posici√≥n econ√≥mica era muy buena, pero tambi√©n demasiado amable con todas las otras jovencitas.

En aquel entonces yo quer√≠a un hombre que me perteneciera exclusivamente, como √ļnica mujer.Siempre conserv√© una cierta educaci√≥n natural.(Eso es verdad. A pesar de su indiferencia religiosa, Ani ten√≠a algo noble en su persona.

Me desconcierta que tambi√©n las personas ‚Äúhonestas‚ÄĚ puedan caer en el infierno, si son deshonestas al huir del encuentro con Dios).En ese paseo, Max me colm√≥ de amabilidades.

‚ÄćNuestras conversaciones, es claro, no eran sobre la vida de los santos, como las de ustedes.

‚ÄćAl d√≠a siguiente, en la oficina, me reprendiste por no haber ido al paseo de la Asociaci√≥n.

‚ÄćCuando te cont√© mi diversi√≥n del domingo, tu primera pregunta fue: ‚Äú¬ŅEscuchaste Misa?‚ÄĚ. ¬°Tonta! ¬ŅC√≥mo podr√≠amos ir a Misa si salimos a las 6 de la ma√Īana?

Me acuerdo que, muy exaltada, te dije: ‚ÄúEl buen Dios no es tan mezquino como lo son los curas‚ÄĚ.
Ahora debo confesar que Dios, a pesar de su infinita bondad, considera todo con m√°s seriedad que todos los sacerdotes juntos.

Después de este primer paseo con Max, fui solamente una vez más a la Asociación, en las fiestas de Navidad.Algunas cosas me atraían. Pero en mi interior, ya me había separado de todas ustedes.

‚ÄćLos bailes, el cine, los paseos, continuaban.A veces pele√°bamos con Max, pero yo sab√≠a c√≥mo retenerlo.

Odié mucho a mi rival que, al salir del hospital, se puso furiosa.En realidad, eso me favoreció.

La calma distinguida que yo mostraba produjo una gran impresión en Max, que se inclinó definitivamente por mí.Conseguí encontrar la forma de denigrarla.

Me expresaba con calma: por fuera, realidades objetivas, por dentro, vomitando hiel.
Estos sentimientos y actitudes conducen rápidamente al infierno..Son diabólicos, en el sentido estricto del término.

¬ŅPor qu√© te cuento todo esto? Para explicarte que as√≠ me apart√© definitivamente de Dios.

‚ÄćEn realidad, Max y yo no llegamos muchas veces al extremo de la familiaridad.

‚ÄćMe daba cuenta que me rebajar√≠a a sus ojos si le conced√≠a toda la libertad antes de tiempo. Por eso, supe controlarme.

‚ÄćRealmente, yo estaba siempre dispuesta para todo lo que consideraba √ļtil.Ten√≠a que conquistar a Max.

Para eso, ning√ļn precio era demasiado alto.Nos fuimos amando poco a poco, porque ambos ten√≠amos valiosas cualidades que pod√≠amos apreciar mutuamente.

Yo era habilidosa, eficiente, de trato agradable.

‚ÄćRetuve a Max con firmeza y consegu√≠, al menos durante los √ļltimos meses antes del casamiento, ser la √ļnica que lo pose√≠a.

En eso consistió mi apostasía, en hacer mi dios con una criatura.
En ninguna otra cosa puede realizarse más plenamente la apostasía como en el amor a una persona del otro sexo, cuando ese amor se ahoga en la materia.
Esto es su encanto, su aguijón y su veneno.

La ‚Äúadoraci√≥n‚ÄĚ que ten√≠a por Max se convirti√≥ en mi religi√≥n.

‚ÄćEn ese tiempo, en la oficina, yo arremet√≠a virulentamente contra los curas, los fieles, las indulgencias, los rosarios y dem√°s estupideces.

‚ÄćTrataste de defender con una cierta inteligencia todo lo que yo atacada, aunque quiz√°s sin sospechar que en realidad el problema no estaba en esas cosas.

‚ÄćLo que yo buscaba era un punto de apoyo. Todav√≠a lo necesitaba para justificar racionalmente mi apostas√≠a.

Estaba sublevada contra Dios. No te dabas cuenta.

Creías que todavía era católica. Por otra parte, yo quería ser llamada así; inclusive pagaba la contribución para el culto.

Porque un cierto ‚Äúreaseguro‚ÄĚ nunca viene mal.Es posible que tus respuestas a veces dieran en el blanco.

Pero no me alcanzaban, porque no te conced√≠a raz√≥n.A ra√≠z de estas relaciones sobre bases falsas, fue peque√Īo el dolor de nuestra separaci√≥n, con motivo de mi casamiento.

‚ÄćAntes de casarme, me confes√© y comulgu√© una vez m√°s. Era una formalidad.

Mi marido pensaba igual.Si era una formalidad, ¬Ņpor qu√© no cumplirla?

Ustedes dicen que una comuni√≥n as√≠ es ‚Äúindigna‚ÄĚ.

Bien, despu√©s de esa comuni√≥n ‚Äúindigna‚ÄĚ, logr√© un cierto sosiego en mi conciencia.

Esa comuni√≥n fue la √ļltima.Nuestra vida conyugal transcurr√≠a, en general, en armon√≠a.

En casi todos los puntos teníamos la misma opinión.También en esto: no queríamos cargar con hijos.

‚ÄćEn realidad, mi marido quer√≠a tener uno, uno solo, naturalmente.

Finalmente consegu√≠ que √©l renunciara a ese deseo. Lo que m√°s me gustaba eran los vestidos, los muebles lujosos, las reuniones mundanas, los paseos en autom√≥vil y otras distracciones.Fue un a√Īo de placer el que medi√≥ entre mi casamiento y mi muerte repentina.

Todos los domingos íbamos a pasear en auto o visitábamos a los parientes de mi marido.

‚ÄćMe avergonzaba de mi madre.Esos parientes se destacaban en la vida social, igual que nosotros.

‚ÄćPero en mi interior, sin embargo, nunca fui feliz. Hab√≠a algo indeterminado que me corro√≠a.Mi deseo era que, al llegar la muerte ‚Äď la que sin duda demorar√≠a mucho todav√≠a ‚Äď todo acabara.

Ocurr√≠a tal como yo lo hab√≠a escuchado de ni√Īa, durante una pl√°tica: Dios recompensa en este mundo toda obra buena que se haga.
Si no puede premiarla en la otra vida, lo hace en la tierra. Inesperadamente, recibí una herencia de la tía Lote.
Mi marido tuvo la suerte de ver sus ingresos notablemente aumentados.
Así pude instalar, confortablemente, una casa nueva.

Mi religión estaba muriendo, como un resplandor crepuscular en un firmamento lejano.

Los bares de la ciudad, los hoteles y los restaurantes por los que pas√°bamos en nuestros viajes, no nos acercaban a Dios.

Todos los que los frecuentaban vivían como nosotros: de fuera hacia adentro, no de dentro hacia afuera.Si durante los viajes de vacaciones visitábamos una célebre catedral, tratábamos de divertirnos con el valor artístico de sus obras primas.

‚ÄćLos sentimientos religiosos que irradiaban ‚Äď especialmente las iglesias medievales ‚Äď yo los neutralizaba criticando circunstancias accesorias de un hermano lego que nos guiaba, criticaba su negligencia en el aseo, criticaba el comercio de los piadosos monjes que fabricaban y vend√≠an licor, criticaba el eterno repique de campanas llamando a los sagrados oficios, diciendo que el √ļnico fin era ganar dinero‚Ķ

Así era como conseguía apartar a la gracia, cada vez que me llamaba.

‚ÄćEspecialmente descargaba mi mal humor frente a algunas pinturas de la Edad Media representando al Infierno en libros, cementerios y otros lugares.

All√≠ el demonio asaba a las almas sobre fuego rojo o amarillo, mientras sus compa√Īeros, con largas colas, le traen m√°s v√≠ctimas.

Clara, ¬°el infierno puede ser dibujado, pero nunca exagerado!.
Siempre me burlaba del fuego del infierno.
Acu√©rdate de una conversaci√≥n durante la cual te puse un f√≥sforo encendido bajo la nariz, pregunt√°ndote: ‚Äú¬ŅAs√≠ huele?‚ÄĚ.Apagaste en seguida la llama.
Aquí nadie consigue hacerlo.
Un lugar en el INFIERNO

EL FUEGO DEL INFIERNO

Te digo m√°s: el fuego del que habla la Biblia no es el tormento de la consciencia..¬°Fuego es fuego!
Debe ser interpretado al pie de la letra cuando Aquel dijo: ‚ÄúApartaos de m√≠, malditos, id al fuego eterno‚ÄĚ..¬°Al pie de la letra!

¬ŅY c√≥mo puede ser tocado un esp√≠ritu por el fuego material? Preguntar√°s.¬ŅY c√≥mo puede sufrir tu alma, en la tierra, si pones el dedo sobre una llama?Tampoco tu alma se quema, mientras tanto el dolor lo sufre todo el individuo.

Del mismo modo, nosotros estamos aquí espiritualmente presos al fuego de nuestro ser y de nuestras facultades.

‚ÄćNuestra alma carece de la agilidad que le ser√≠a natural; no podemos pensar ni querer lo que querr√≠amos.

No te sorprendas de mis palabras.Es un misterio contrario a las leyes de la naturaleza material: el fuego del infierno quema sin consumir.

‚ÄćNuestro mayor tormento consiste en saber que nunca veremos a Dios.

¬ŅC√≥mo puede atormentarnos tanto esto, si en la tierra nos era indiferente?

Mientras el cuchillo est√° sobre la mesa, no te impresiona.Le ves el filo, pero no lo sientes.

Pero si el cuchillo entra en tus carnes, gritarás de dolor.Ahora, sentimos la pérdida de Dios.Antes, sólo pensábamos en ella.

No todas las almas sufren igual.
Cuanto mayor fue la maldad, cuanto más frívolo y decidido, tanto más le pesa al condenado la pérdida de Dios, tanto más lo sofoca la criatura de que abusó.

Los católicos que se condenan sufren más que los de otras religiones, porque recibieron y desaprovecharon, por lo general, más luces y mayores gracias.

‚ÄćLos que tuvieron mayores conocimientos sufren m√°s duramente que los que tuvieron menos.

El que pecó por maldad sufre más que el que cayó por debilidad.

‚ÄćPero ninguno sufre m√°s de lo que mereci√≥. ¬°Oh, si esto no fuera verdad, tendr√≠a un motivo para odiar!

‚ÄćUn d√≠a me dijiste: nadie va al infierno sin saberlo. Eso le habr√≠a sido revelado a una santa.

‚ÄćYo me re√≠a, mientras me atrincheraba en esta reflexi√≥n: ‚Äúsiendo as√≠, siempre tendr√© tiempo suficiente para volver atr√°s‚ÄĚ.

‚ÄćEsta revelaci√≥n es exacta.

‚ÄćAntes de mi muerte repentina, es verdad, no conoc√≠a al infierno tal como es. Ning√ļn ser humano lo conoce.

Pero estaba perfectamente enterada de algo: ‚ÄúSi mueres, me dec√≠a, entrar√°s en la eternidad como una flecha, directamente contra Dios; habr√° que aguantar las consecuencias‚ÄĚ.

‚Äć Como te dije, no volv√≠ atr√°s. Persever√© en la misma direcci√≥n, arrastrada por la costumbre, con la que los hombres act√ļan cuanto m√°s envejecen.

infierno fondo

LA MUERTE DE ANI

Mi muerte ocurri√≥ as√≠: Hace una semana ‚Äď digo seg√ļn las cuentas que llevan ustedes, porque si calculara por mis dolores, podr√≠a estar ardiendo en el infierno desde hace diez a√Īos ‚Äď mi marido y yo salimos en otra excursi√≥n dominguera, que fue la √ļltima para m√≠.

El día estaba radiante de sol. Me sentía muy bien, como pocas veces.

Sin embargo, me traspasaba un presentimiento siniestro.

Inesperadamente, en el viaje de regreso, mi marido y yo fuimos enceguecidos por los faros de un automóvil que venía en sentido contrario, a gran velocidad.

Max perdi√≥ el control del veh√≠culo.¬°Jes√ļs! Se escap√≥ de mis labios, no como oraci√≥n sino como grito.

Sentí un dolor aplastante: comparado con el tormento actual, una bagatela. Después perdí el sentido.

¬°Qu√© extra√Īo!.Aquella misma ma√Īana, sin explicaci√≥n, hab√≠a surgido en mi mente este pensamiento..
‚ÄúPor una vez, podr√≠as ir a Misa‚ÄĚ.‚Äć
Era como una s√ļplica.
Un ‚Äú¬°no!‚ÄĚ claro y decidido cort√≥ el curso de la idea.‚Äć
‚ÄúCon esas cosas tengo que terminar definitivamente‚ÄĚ.
Es decir, asumí todas las consecuencias.
Ahora las soporto.

Lo que ocurrió después de mi muerte lo sabes.

La suerte de mi marido, de mi madre, lo que ocurrió con mi cadáver, mi entierro, lo sé por una intuición natural que tenemos todos los que estamos aquí.

‚ÄćDel resto de lo que ocurre en el mundo poseemos un conocimiento confuso.

Sabemos lo que se refiere a nosotros. De este modo veo el lugar donde vives.

Desperté de improviso en el momento de mi muerte.
Me encontré inundada por una luz ofuscante.
Era el mismo sitio donde había caído mi cadáver.
Sucedió como en el teatro, cuando se apagan las luces de la sala, sube el telón y aparece una escena trágicamente iluminada.
La escena de mi vida.
Como en un espejo, mi alma se mostró a sí misma.
Vi las gracias despreciadas y pisoteadas, desde mi juventud hasta el √ļltimo ‚Äúno‚ÄĚ frente a Dios.

Me sentí como un asesino, al que llevan ante el tribunal para ver a la víctima exánime.

‚Äć¬ŅArrepentirme? ¬°Nunca! ¬ŅAvergonzarme? ¬°Jam√°s!

‚ÄćMientras tanto, no consegu√≠a permanecer bajo la mirada de Dios, a quien rechazaba.

‚ÄćS√≥lo ten√≠a una salida: la fuga.

‚ÄćAs√≠ como Ca√≠n huy√≥ del cad√°ver de Abel, as√≠ mi alma se proyect√≥ lejos de esta visi√≥n de horror.

‚ÄćEste era el Juicio particular.

Habl√≥ el invisible juez: ‚ÄúAP√ĀRTATE DE MI‚ÄĚ.

‚ÄćDe inmediato mi alma, como una sombra amarilla de azufre, se despe√Ī√≥ al lugar del eterno tormento.

soledad del infierno

EP√ćLOGO DE CLARA

Así terminó la carta de Anita sobre el Infierno.

Las √ļltimas palabras eran casi ilegibles, tan torcidas estaban las letras.

‚ÄćCuando termin√© de leer la √ļltima l√≠nea, la carta se convirti√≥ en cenizas.

‚Äć¬ŅQu√© es lo que escucho?

‚ÄćEn medio de los duros t√©rminos de las palabras que imaginaba haber le√≠do, reson√≥ el dulce ta√Īido de una campana.

Me desperté de inmediato. Estaba acostada en mi cuarto.

La luz matinal entraba por la ventana.Las campanadas de las Avemar√≠as llegaban de la iglesia parroquial.¬ŅTodo hab√≠a sido un sue√Īo?

Nunca hab√≠a sentido antes en el Angelus tanto consuelo como despu√©s de ese sue√Īo.
Lentamente, fui rezando las oraciones.
Entonces comprend√≠: la bendita Madre del Se√Īor quiere defenderte.
Venera a Mar√≠a filialmente, si no quieres tener el destino que te cont√≥ ‚Äď aunque fuera en sue√Īos ‚Äď un alma que jam√°s ver√° a Dios.

Temblando todav√≠a por la visi√≥n nocturna, me levant√©, me vest√≠ con prisa y hu√≠ a la capilla de la casa.‚Äć

Mi corazón palpitaba con violencia.Los huéspedes que estaban más cerca me miraban con preocupación.

Quiz√°s pensaban que estaba agitada por correr escaleras abajo.

Una bondadosa se√Īora de Budapest, un alma sacrificada, peque√Īa como una ni√Īa, miope, a√ļn fervorosa en el servicio de Dios, de gran penetraci√≥n espiritual, me dijo por la tarde en el jard√≠n: ‚ÄúSe√Īorita, Nuestro Se√Īor no quiere ser servido con excitaci√≥n‚ÄĚ.

‚ÄćPero ella advert√≠a que otra cosa me hab√≠a excitado y a√ļn me preocupaba.

Agreg√≥, bondadosamente: ‚ÄúNada te turbe ‚Äď conoces el aviso de Santa Teresa ‚Äď nada te espante. Todo pasa. Quien a Dios tiene, nada le falta. S√≥lo Dios basta‚ÄĚ.

Mientras susurraba esto, sin adoptar un aire magisterial, parecía estar leyendo mi alma.

‚ÄúS√≥lo Dios basta‚ÄĚ.S√≠, √Čl ha de bastarme, en √©ste o en el otro mundo.

‚ÄćQuiero poseerlo all√≠ un d√≠a, por m√°s sacrificios que tenga que hacer aqu√≠ para vencer.

No quiero caer en el infierno.

pasaje al infierno

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES

Quizás no como objeción, pero no puede eludirse una pregunta:

‚Äć¬ŅC√≥mo puede haber recordado Clara con tal precisi√≥n todas las palabras de la carta de la condenada?

‚ÄćRespondemos: quien hace lo m√°s, puede hacer lo menos.

Quien comienza una obra, puede también concluirla.

‚ÄćSi la manifestaci√≥n de ultratumba es un hecho preternatural, Clara debe haber tenido tambi√©n una asistencia preternatural para escribir con exactitud todas las palabras le√≠das durante la visi√≥n.

La eternidad de las penas del infierno es un dogma..Seguramente, el m√°s terrible de todos.
Tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras..Ver San Mateo 15: 41 y 46; 2ª a los Tesalonicenses, 1, 9; Judith 12; Apocalipsis 14: 11 y 29:10.
Todos estos textos son irrefutables, en los que la expresi√≥n ‚Äúeterno‚ÄĚ no puede interpretarse como ‚Äúlargo o prolongado‚ÄĚ.

De la conveniencia de ilustrar este dogma con un caso particular, nos da ejemplo Nuestro Se√Īor Jesucristo en la par√°bola del rico Epul√≥n y el pobre L√°zaro.

‚ÄćAll√≠ se encuentra una descripci√≥n del infierno y del peligro de caer en √©l.

No es otra la intención de este trabajo.

Expresa tambi√©n nuestra finalidad el siguiente consejo: ‚ÄúVayamos al infierno mientras estemos vivos, para no caer all√≠ despu√©s de la muerte‚ÄĚ.

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Demonio y Mal y Pecados

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