El manto invisible de las bases de datos que nos escudri√Īan.
En la privacidad está la base de la democracia, pero la tecnología informática la está volviendo obsoleta y está propiciando que la burocracia político-informática tome decisiones por los individuos sobre el cruce de gigantescas bases de datos, sin que se den cuenta, al ofrecerle soluciones de productos y propuestas precisas para su perfil y ocultarle otras, todo lo cual va adormeciendo la capacidad crítica para tomar decisiones.
privacidad

Las empresas y las instituciones tienen la posibilidad de analizar cada vez más información sobre nuestras vidas y resulta tentador responder con nuevas leyes y mecanismos que generen ingresos por nuestros datos. Todo lo cual genera un manto de vigilancia invisible y omnipresente.

LA PROFEC√ćA DE PAUL BARAN

En 1967, la revista trimestral The Public Interest, uno de los principales foros de debate pol√≠tico de alto nivel en aquel momento, public√≥ un provocativo ensayo de Paul Baran, uno de los padres del m√©todo de transmisi√≥n de datos conocido como conmutaci√≥n de paquetes, titulado ‚ÄúThe Future Computer Utility‚ÄĚ (Los servicios de computaci√≥n del futuro). El ensayo especulaba con la idea de que alg√ļn d√≠a unos cuantos grandes ordenadores centralizados proporcionar√≠an

"servicios de procesado de informaci√≥n [...] igual que las compa√Ī√≠as el√©ctricas venden electricidad ahora mismo".

"Nuestro ordenador dom√©stico se usar√° para enviar y recibir mensajes, como telegramas. Podremos usarlo para ver si los grandes almacenes locales tienen la camisa deportiva del anuncio en el almac√©n, en el color y la talla que queremos. Podremos preguntar si la entrega est√° garantizada en caso de compra. La informaci√≥n estar√° actualizada al minuto y ser√° fiable. Podremos pagar nuestras facturas y hacer nuestros impuestos a trav√©s de la consola. Haremos preguntas y recibiremos respuestas de "bancos de informaci√≥n", versiones automatizadas de las bibliotecas actuales. Obtendremos un listado actualizado de todos los programas de radio y televisi√≥n [...]. El ordenador podr√° enviarnos, √©l solo, un mensaje para que nos acordemos de un cumplea√Īos pr√≥ximo y nos ahorremos las desastrosas consecuencias del olvido."

La computación en nube ha tardado décadas en cumplir la visión de Baran. Pero fue lo suficientemente profética como para preocuparse de que este tipo de computación iba a necesitar su propio modelo regulador. Era un empleado de la RAND Corporation -que no era precisamente un refugio de ideas marxistas- preocupado por la concentración del poder del mercado en las manos de grandes empresas de servicios de computación y solicitaba la intervención del Estado. Baran también quería políticas que

"ofrecieran la máxima protección para conservar los derechos a la privacidad de la información".

"La información personal o empresarial importante y muy sensible se almacenará en muchos de los sistemas que contemplamos [...]. De momento, sólo la confianza -o como mucho la falta de sofisticación técnica- se interponen en el camino de un posible fisgón [...]. Hoy en día no contamos con mecanismos que aseguren una protección adecuada. Dada la dificultad de reconstruir sistemas complejos para incorporar dichas protecciones en el futuro, parece deseable anticiparse a esos problemas."

EL TECNOFUTURISMO HA ESTADO EN DECLIVE DESDE ENTONCES

Todas las soluciones que se han planteado desde entonces respecto a la privacidad van por el camino equivocadoAl leer el ensayo de Baran (s√≥lo uno de entre los numerosos que se publicaron sobre los servicios de computaci√≥n en la √©poca), uno se da cuenta de que nuestro problema contempor√°neo con la privacidad no es contempor√°neo. No es s√≥lo consecuencia de que Mark Zuckerberg haya vendido su alma y nuestros perfiles a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA por sus siglas en ingl√©s). El problema se reconoci√≥ hace mucho tiempo y se hizo muy poco por resolverlo.Casi todos los usos imaginados por Baran para los "servicios de computaci√≥n" son puramente comerciales. Comprar camisas, pagar recibos, buscar entretenimiento, conquistar el olvido. No es el internet de las "comunidades virtuales" y los "ciudadanos en red". Baran simplemente imagin√≥ que la computaci√≥n en red nos permitir√≠a hacer cosas que ya hacemos sin ella: compras, entretenimiento, investigaci√≥n. Pero tambi√©n: espionaje, vigilancia y voyeurismo.Si la "revoluci√≥n inform√°tica" de Baran no suena demasiado revolucionaria, se debe en parte a que √©l no imagin√≥ que pudiera cambiar radicalmente los cimientos del capitalismo y la administraci√≥n burocr√°tica instalados desde hace siglos.Para la d√©cada de 1990, sin embargo, muchos entusiastas de lo digital pensaban de otra forma; estaban convencidos de que la difusi√≥n de las redes digitales y el r√°pido abaratamiento de los costes de comunicaci√≥n representaban una fase aut√©nticamente nueva del desarrollo humano. Para ellos, la vigilancia que se dispar√≥ en la d√©cada del 2000 a partir de los atentados del 11 de septiembre, y la colonizaci√≥n de estos inmaculados espacios digitales por parte de Google, Facebook, as√≠ como los grandes vol√ļmenes de datos eran aberraciones a las que nos podr√≠amos resistir o, al menos, dar marcha atr√°s. ¬°Ojal√° pudi√©ramos borrar esa d√©cada que perdimos y volver a la utop√≠a de las d√©cadas de 1980 y 1990, aprobando leyes m√°s estrictas, dando un mayor control a los usuarios y construyendo mejores herramientas de encriptado!Una lectura diferente de la historia dar√≠a lugar a una agenda distinta para el futuro. La sensaci√≥n generalizada de la emancipaci√≥n a trav√©s de la informaci√≥n que muchos siguen atribuyendo a finales del siglo XX, probablemente fuera una alucinaci√≥n prolongada. Tanto el capitalismo como la administraci√≥n burocr√°tica se acomodaron f√°cilmente al nuevo r√©gimen digital; ambos prosperan muy bien con los flujos de informaci√≥n, cuanto m√°s automatizados, mejor. Ni las leyes, ni los mercados ni las tecnolog√≠as obstaculizar√°n o reconducir√°n la demanda de datos, puesto que, de entrada, los tres tienen un papel en el mantenimiento del capitalismo y la administraci√≥n burocr√°tica. Hace falta otra cosa: pol√≠tica.

PROGRAMAS APARENTEMENTE INOCUOS PUEDEN SOCAVAR LA DEMOCRACIA

Empecemos por enumerar los s√≠ntomas de nuestra enfermedad actual. S√≠, los intereses comerciales de las empresas tecnol√≥gicas y los interesas pol√≠ticos de las agencias gubernamentales han convergido: a ambas les interesa la recolecci√≥n y el an√°lisis r√°pido de datos de usuarios. Google y Facebook se ven obligados a recoger cada vez m√°s datos para mejorar la eficacia de los anuncios que venden. Las agencias de los gobiernos necesitan esos mismos datos -que pueden recoger ellas mismas o en colaboraci√≥n con las empresas tecnol√≥gicas- para llevar a cabo sus propios programas.Muchos de esos programas tienen que ver con la seguridad nacional. Pero estos datos se pueden usar de otras formas que tambi√©n afectan a la privacidad.El Gobierno italiano, por ejemplo, est√° usando una herramienta llamada "redditometro", o medidor de ingresos, que analiza las facturas y patrones de gasto para marcar a quienes gastan m√°s de sus ingresos declarados como posibles defraudadores fiscales.Una vez que los pagos m√≥viles sustituyan a un porcentaje importante de las transacciones en efectivo -con Google y Facebook como intermediarios- los datos recogidos por estas empresas ser√°n indispensables para Hacienda.De forma parecida, los acad√©micos del derecho est√°n ocupados explorando c√≥mo usar el minado de datos para elaborar contratos o testamentos a la medida de la personalidad, las caracter√≠sticas y el comportamiento pasado de ciudadanos individuales, mejorando la eficiencia y reduciendo las malas pr√°cticas.En otro frente, los tecn√≥cratas como el antiguo administrador de la Oficina de Informaci√≥n y Regulaci√≥n de la Casa Blanca, Cass Sunstein, uno de los principales defensores de un "estado ni√Īera" que empuje a los ciudadanos a hacer determinadas cosas, esperan que la recogida y el an√°lisis instant√°neo de datos sobre los individuos sirva para resolver problemas como la obesidad, el cambio clim√°tico y la conducci√≥n temeraria, mediante la redirecci√≥n de nuestro comportamiento. Un nuevo libro de tres acad√©micos brit√°nicos ‚ÄĒChanging Behaviours: On the Rise of the Psychological State (Cambiando comportamientos: el auge del estado psicol√≥gico)‚ÄĒ enumera una larga lista de planes de este tipo ya en funcionamiento en el Reino Unido, donde la unidad de "empujoncitos" del Gobierno ha tenido tanto √©xito que est√° a punto de convertirse en una operaci√≥n con √°nimo de lucro.Gracias a los smartphones y Google Glass, ahora se puede contactar con nosotros siempre que estemos a punto de hacer alguna estupidez, maldad o insensatez. No har√≠a falta que supi√©ramos necesariamente por qu√© la acci√≥n est√° mal: los algoritmos del sistema hacen el c√°lculo moral por s√≠ mismos. Los ciudadanos adoptan el papel de m√°quinas de informaci√≥n que alimentan el complejo tecnobrurocr√°tico con sus datos. Y ¬Ņpor qu√© no √≠bamos a hacerlo si nos prometen cinturas m√°s finas, un aire m√°s limpio y vidas m√°s largas (y seguras) a cambio?Esta l√≥gica de la prevenci√≥n no es muy distinta de la de la NSA en su lucha contra el terror: mejor prevenir los problemas que lidiar con sus consecuencias. Incluso aunque atemos las manos a la NSA -con una combinaci√≥n de mejores sistemas de vigilancia, leyes m√°s estrictas sobre el acceso a los datos, o tecnolog√≠as de encriptado m√°s potentes y f√°ciles de usar- el ansia por obtener datos de otras instituciones estatales seguir√° existiendo. La justificar√°n. En temas como la obesidad o el cambio clim√°tico -sobre los que los legisladores no pierden tiempo en apostillar que nos enfrentamos a un escenario a punto de explotar- afirmar√°n que un peque√Īo d√©ficit de democracia podr√≠a ser de gran ayuda.Este ser√≠a el aspecto de ese d√©ficit: la nueva infraestructura digital, que se nutre de los datos en tiempo real proporcionados por los ciudadanos, permite a los tecn√≥cratas sacar a la pol√≠tica, con todo su ruido, fricci√≥n y descontento, del proceso pol√≠tico. Sustituye a la farragosa labor de creaci√≥n de coaliciones, negociaciones y deliberaciones por una pulcra y eficiente administraci√≥n alimentada de datos.Este fen√≥meno tiene un nombre que se podr√≠a convertir en meme: ‚Äúregulaci√≥n algor√≠tmica‚ÄĚ, como la denomina el editor de Silicon Valley, Tim O'Reilly. En esencia, las democracias ricas en informaci√≥n han alcanzado un punto en el que quieren intentar resolver los problemas p√ļblicos sin tener que dar explicaciones o justificarse ante los ciudadanos. Pueden limitarse a decir que es en nuestro propio inter√©s, y saben lo suficiente sobre nosotros para dise√Īar un empujoncito perfecto, altamente personalizado e irresistible.

LA PRIVACIDAD ES UN MEDIO PARA LA DEMOCRACIA, NO UN FIN EN S√ć MISMA

Otro aviso del pasado. Corr√≠a el a√Īo 1985 y Spiros Simitis, el principal estudioso y practicante de la privacidad en Alemania -en aquel momento era el comisario de protecci√≥n de datos del estado de Hesse- daba una conferencia ante la Facultad de Derecho de la Universidad de Pennsylvania (EEUU). Su discurso exploraba exactamente el mismo tema que preocupaba a Baran: la automatizaci√≥n del procesado de datos. Pero Simitis no perd√≠a de vista la historia del capitalismo y la democracia, as√≠ que ve√≠a los cambios tecnol√≥gicos bajo una luz mucho m√°s ambigua.Tambi√©n reconoc√≠a que la privacidad no es un fin en s√≠ misma. Es un medio para conseguir determinado ideal de pol√≠tica democr√°tica en la que se conf√≠a en que los ciudadanos sean m√°s que proveedores acr√≠ticos de informaci√≥n a tecn√≥cratas que todo lo ven y todo lo optimizan.

"Cuando se desmantela la privacidad", avisaba Simitis, "tanto la oportunidad de evaluar el proceso político por uno mismo, como la oportunidad de desarrollar y mantener un estilo de vida concreto se desvanecen".

En el an√°lisis de Simitis subyac√≠an tres tendencias tecnol√≥gicas. Para empezar, incluso entonces se dio cuenta de que todas las esferas de interacci√≥n social estaban mediadas por la tecnolog√≠a de la informaci√≥n -avis√≥ de "la recuperaci√≥n intensiva de datos personales de virtualmente cada empleado, contribuyente, paciente, cliente de banco, receptor de ayudas sociales o conductor". En consecuencia, la privacidad ya no era s√≥lo un problema de alg√ļn desgraciado pillado con la guardia baja en una situaci√≥n extra√Īa; se hab√≠a convertido en el problema de todos. En segundo lugar, las nuevas tecnolog√≠as, como las tarjetas inteligentes y el videotexto no s√≥lo permit√≠an "registrar y reconstruir actividades individuales al minuto", sino que estaban normalizando la vigilancia, entreteji√©ndola con nuestra cotidianeidad. En tercer lugar, la informaci√≥n personal registrada por estas nuevas tecnolog√≠as permit√≠a a las instituciones sociales poner en pr√°ctica est√°ndares de comportamiento, disparando "estrategias de manipulaci√≥n a largo plazo con la intenci√≥n de modelar y adaptar la conducta individual".Las instituciones modernas ten√≠an mucho que ganar con todo esto. Las aseguradoras pod√≠an hacer programas de ahorro a la medida de las necesidades y exigencias de pacientes, hospitales y la industria farmac√©utica. La polic√≠a pod√≠a usar las nuevas bases de datos disponibles y distintos "perfiles de movilidad" para identificar delincuentes potenciales y localizar a sospechosos. De repente, las agencias de servicios sociales pod√≠an descubrir comportamientos fraudulentos.Pero, ¬Ņc√≥mo nos afectar√≠an estas tecnolog√≠as como ciudadanos, como sujetos que participan en la comprensi√≥n y reforma del mundo que nos rodea, no s√≥lo como consumidores o clientes que simplemente se benefician de ellas?Caso tras caso, Simitis argumentaba que no ten√≠amos m√°s que perder. En vez de tener un mayor contexto para la toma de decisiones, tendr√≠amos menos; en vez de poder ver la l√≥gica que sostiene nuestros sistemas burocr√°ticos, y hacer que esa l√≥gica sea m√°s precisa y menos kafkiana, tendr√≠amos una mayor confusi√≥n porque la toma de decisiones empezaba a ser automatizada y nadie sab√≠a exactamente c√≥mo funcionaban los algoritmos. Percibir√≠amos una imagen m√°s borrosa de c√≥mo funcionan nuestras instituciones sociales; a pesar de la promesa de una mayor personalizaci√≥n y de tener m√°s poder en nuestras manos, los sistemas interactivos solo nos proporcionar√≠an una ilusi√≥n de mayor participaci√≥n. En consecuencia "los sistemas interactivos [...] sugieren actividad individual donde, de hecho, s√≥lo tienen lugar reacciones estereotipadas".Si crees que Simitis describ√≠a un futuro que nunca lleg√≥ a suceder, piensa en un art√≠culo reciente sobre la transparencia de los sistemas de predicci√≥n automatizados escrito por uno de los expertos mundiales en la pol√≠tica y la √©tica del minado de datos, Tal Zarsky. Zarsky se√Īala que"el minado de datos puede destacar a individuos y hechos, indicando un riesgo elevado, sin decirnos por qu√© se seleccionaron".Resulta que el grado deinterpretabilidad es una de las decisiones pol√≠ticas m√°s relevantes a la hora de dise√Īar sistemas de minado de datos. Zarsky entiende que esto tiene importantes implicaciones para la democracia:

"El an√°lisis de minado de datos puede dar lugar a un proceso no interpretable que no se puede explicar en lenguaje humano. En este caso, el software toma sus decisiones de selecci√≥n bas√°ndose en m√ļltiples variables (miles, incluso) [...]. Ser√≠a dif√≠cil que un gobierno pudiera dar una respuesta detallada cuando se le preguntase por qu√© un individuo ha sido escogido para recibir un tratamiento diferenciado por un sistema de recomendaci√≥n autom√°tico. Lo m√°ximo que podr√≠a decir el gobierno, es que el algoritmo decide bas√°ndose en casos anteriores."

Este es el futuro en el que estamos entrando con los ojos cerrados. Todo parece funcionar y puede, incluso, que las cosas sean mejores, pero es que no sabemos exactamente por qué o cómo.

LA FALTA DE PRIVACIDAD PUEDE PONER EN PELIGRO LA DEMOCRACIA, PERO TAMBI√ČN EL EXCESO

Simitis acert√≥ con las tendencias. Libre de sospechosas hip√≥tesis sobre "la era de internet", lleg√≥ a una defensa original pero prudente de la privacidad como caracter√≠stica vital para una democracia autocr√≠tica; no la democracia de alguna teor√≠a pol√≠tica abstracta, sino la democracia ruidosa y liosa que habitamos, con sus interminables contradicciones. En concreto, la idea clave de Simitis es que la privacidad tiene la capacidad tanto de sostener como de socavar la democracia.Tradicionalmente, nuestra respuesta a los cambios en el procesado de la informaci√≥n automatizada ha sido considerarlos como un problema personal de los individuos afectados. Valga como ejemplo el art√≠culo seminal ‚ÄúThe Right to Privacy‚ÄĚ (El derecho a la privacidad), de Louis Brandeis y Samuel Warren. Escrito en 1890, buscaban un "derecho a ser dejado en paz" para vivir una vida sin interrupciones, alejado de los intrusos. Seg√ļn Simitis, expresaban un deseo, com√ļn a muchos de los individuos hechos a s√≠ mismos de la √©poca, "de disfrutar en exclusiva y bajo condiciones decididas por ellos, los frutos de su actividad econ√≥mica y social".Un objetivo loable: sin extender esta protecci√≥n legal a los emprendedores, el capitalismo estadounidense moderno quiz√° nunca hubiera llegado a ser tan robusto. Pero este derecho, desconectado de cualquier responsabilidad correspondiente, tambi√©n pod√≠a servir para aprobar un aislamiento excesivo que nos escude del mundo externo y socave los cimientos del propio r√©gimen democr√°tico que posibilita este derecho. Si todos los ciudadanos ejercieran de forma completa su derecho a la privacidad, la sociedad se ver√≠a depravada de los datos transparentes y f√°cilmente disponibles, necesarios no s√≥lo por el bien de los tecn√≥cratas, sino -en mayor medida a√ļn- para que los ciudadanos puedan evaluar temas, formar sus opiniones y debatir (y, de vez en cuando, despedir a los tecn√≥cratas).Este problema no es exclusivo del derecho a la privacidad. Para algunos pensadores contempor√°neos, como el historiador y fil√≥sofo franc√©s Marcel Gauchet, las democracias corren el riesgo de convertirse en v√≠ctimas de su √©xito: habiendo instaurado un r√©gimen legal de derechos que permite a los ciudadanos seguir sus intereses privados sin ninguna referencia sobre lo que es bueno para el bien com√ļn, pueden estar agotando los mismos recursos que las han permitido florecer.Cuando todos los ciudadanos exigen sus derechos pero no son conscientes de sus responsabilidades, las preguntas pol√≠ticas que han definido la vida democr√°tica desde hace siglos; ¬Ņc√≥mo deber√≠amos vivir juntos? ¬Ņqu√© se hace por el bien com√ļn y c√≥mo lo equilibrio con mis propios intereses? se incluyen en el dominio de lo legal, lo econ√≥mico y lo administrativo. "Lo pol√≠tico" y "lo p√ļblico" ya no se registran siquiera como dominios; las leyes, los mercados y las tecnolog√≠as sustituyen al debate y la contestaci√≥n como soluciones preferibles, menos engorrosas.Pero una democracia en la que los ciudadanos no participan, no suena demasiado a democracia y puede que no sobreviva como una. Algo evidente para Thomas Jefferson, quien, aunque quer√≠a que todos los ciudadanos ‚Äúfueran part√≠cipes del gobierno de los asuntos‚ÄĚ, tambi√©n cre√≠a que la participaci√≥n c√≠vica implica una tensi√≥n constante entre la vida p√ļblica y la privada. Una sociedad que cree, como describe Simitis, que el acceso de los ciudadanos a la informaci√≥n "acaba donde empieza la exigencia burguesa de privacidad", no durar√° como una democracia con un buen funcionamiento.As√≠, es necesario ajustar el equilibrio entre privacidad y transparencia con mucho m√°s cuidado en momentos de r√°pidos cambios tecnol√≥gicos. Ese equilibrio ya es un tema pol√≠tico por excelencia en s√≠ mismo, a resolver mediante el debate p√ļblico y a dejar siempre abierto a la negociaci√≥n. No se puede dejar resuelto, de una vez por todas, a trav√©s de una combinaci√≥n de teor√≠as, mercados y tecnolog√≠as. Como dijo Simitis:

"lejos de considerarse un elemento constitutivo de una sociedad democrática, la privacidad aparece como una contradicción tolerada, cuyas implicaciones deben reconsiderarse continuamente".

LAS LEYES Y LOS MECANISMOS DE MERCADO NO SON SOLUCI√ďN SUFICIENTE

En las √ļltimas d√©cadas, seg√ļn hemos ido generando m√°s datos, nuestras instituciones se han hecho adictas a ellos. No est√° claro que pudieran sobrevivir en caso de que retuvi√©ramos los datos y cort√°semos los bucles de retroalimentaci√≥n. Nosotros, como ciudadanos, estamos atrapados en una situaci√≥n extra√Īa: nuestros motivos para proporcionar los datos no son que nos preocupa profundamente el bien com√ļn. No, proporcionamos datos por motivos ego√≠stas, en Google o a trav√©s de aplicaciones de autoseguimiento. Somos demasiado cutres como para no usar servicios gratuitos subvencionados por la publicidad. O queremos seguir nuestro plan de ejercicio y nuestra dieta, y despu√©s vendemos los datos.Ya en 1985, Simitis sab√≠a que esto conducir√≠a inevitablemente a la "regulaci√≥n algor√≠tmica" que est√° tomando forma en la actualidad, con la pol√≠tica convirti√©ndose en "administraci√≥n p√ļblica" que va con el piloto autom√°tico para que los ciudadanos puedan relajarse y disfrutar, s√≥lo para recibir un empujoncito de vez en cuando, cuando se les olvida comprar br√≥coli.Las costumbres, actividades y preferencias se recopilan, registran y utilizan para mejorar la adaptaci√≥n del individuo, no su capacidad de actuar y decidir. Cualquiera que fuese el incentivo original para la informatizaci√≥n, el procesado tiene visos cada vez mayores de ser el medio ideal para adaptar a un individuo a un comportamiento predeterminado y est√°ndar cuyo objetivo es lograr el m√°ximo grado de cumplimiento posible del paciente, consumidor, contribuyente o ciudadano modelo.Lo que describe Simitis es la construcci√≥n de lo que yo denomino "alambre de espino invisible" en torno a nuestras vidas intelectuales y sociales. Los grandes vol√ļmenes de informaci√≥n, que dependen de numerosas bases de datos interconectadas que se alimentan de informaci√≥n y algoritmos de dudoso origen, imponen graves restricciones sobre c√≥mo maduramos pol√≠tica y socialmente. El fil√≥sofo alem√°n J√ľrgen Habermas ten√≠a raz√≥n al advertir -en 1963- de que

"una civilización exclusivamente técnica [...] se ve amenazada [...] por la división de los seres humanos en dos clases: los ingenieros sociales y los residentes de instituciones sociales cerradas".

El alambre de espino invisible del big data limita nuestras vidas a un espacio que podr√≠a parecer tranquilo y lo suficientemente atractivo, pero ni lo hemos elegido nosotros, ni podemos reconstruirlo ni ampliarlo. Lo peor es que no lo vemos as√≠. Como creemos que somos libres de ir donde queramos, el alambre de espino sigue siendo invisible. A√ļn m√°s: no hay a qui√©n echarle la culpa. Ni a Google, ni a Dick Cheney, ni a la NSA. Es el resultado de muchas l√≥gicas y sistemas diferentes -del capitalismo moderno, del gobierno bur√≥crata, de la gesti√≥n de riesgos- que se alimentan de la automatizaci√≥n del procesado de la informaci√≥n y de la despolitizaci√≥n de la pol√≠tica.Cuanta m√°s informaci√≥n revelemos sobre nosotros mismos, m√°s denso pero m√°s invisible es este alambre de espino. Vamos perdiendo nuestra capacidad de razonar y debatir poco a poco; ya no entendemos por qu√© nos suceden las cosas.Pero no todo est√° perdido. Podr√≠amos aprender a darnos cuenta de que estamos atrapados en este alambre de espino, e incluso a cortarlo. La privacidad es el recurso que nos permite hacerlo y, con un poco de suerte, incluso ayudarnos a planificar nuestra ruta de huida.Es en este punto donde Simitis expres√≥ una idea aut√©nticamente revolucionaria que se ha perdido en los debates contempor√°neos sobre la privacidad: no se puede lograr ning√ļn progreso, afirm√≥, mientras la protecci√≥n de la privacidad se "equipare, m√°s o menos, con el derecho del individuo a decidir cu√°ndo y qu√© datos son accesibles". La trampa en la que caen muchos defensores bienintencionados de la privacidad es creer que con que pudieran dar al individuo un mayor control sobre sus datos -mediante leyes m√°s fuertes o un r√©gimen de propiedad robusto- el alambre de espino invisible se volver√≠a visible y se romper√≠a. No lo har√°, no si esos datos se acaban devolviendo a las propias instituciones que erigen el alambre a nuestro alrededor.

PIENSA EN LA PRIVACIDAD EN T√ČRMINOS √ČTICOS

Si aceptamos la privacidad como un problema de y para la democracia, entonces las soluciones populares son inadecuadas. Por ejemplo, en su libro Who Owns the Future? (¬ŅDe qui√©n es el futuro?), Jaron Lanier propone que descartemos un pilar de la privacidad, el legal, y nos centremos en el econ√≥mico.

"Los derechos comerciales est√°n mejor adaptados a la multitud de peque√Īas situaciones curiosas que surgir√°n en la vida real que una nueva clase de derechos civiles en la l√≠nea de la privacidad digital", escribe.

Siguiendo esta lógica, si convertimos nuestros datos en un bien que podemos vender, logramos dos cosas. Primero podemos controlar quién tiene acceso a ellos y, en segundo lugar, podemos compensar algunas de las pérdidas económicas producidas por la ruptura con todo lo analógico.La propuesta de Lanier no es original. En Code and Other Laws of Cyberspace (El código y otras leyes del ciberespacio, cuya primera edición e inglés es de 1999), Lawrence Lessig habla con entusiasmo de construir un régimen de propiedad en torno a los datos privados. Lessig quería un "mayordomo electrónico" capaz de negociar con los sitios web:

"El usuario establece sus preferencias una vez, especificando cómo negociaría con su privacidad y a qué está dispuesto a renunciar. Sólo en el caso de que las máquinas se pongan de acuerdo, el sitio podrá acceder a sus datos personales".

No cuesta ver d√≥nde nos llevar√≠a este razonamiento. Todos tendr√≠amos aplicaciones de Smartphone personalizadas que incorporar√≠an continuamente la √ļltima informaci√≥n sobre la gente que conocemos, los sitios que visitamos y la informaci√≥n que poseemos, para poder actualizar el precio de nuestra cartera de datos personales. Ser√≠a muy din√°mico: una lujosa joyer√≠a, quiz√° quieras pagar m√°s para conocer la fecha de cumplea√Īos de tu pareja si est√°s pasando por delante de su fachada que si est√°s sentado en casa viendo la tele.Es cierto que el r√©gimen de propiedad puede fortalecer la privacidad: si los consumidores quieren recibir buenos ingresos por su cartera de datos, tienen que asegurarse de que sus datos no est√©n ya disponibles en otros sitios. As√≠, o bien los "alquilan" de la misma forma que Netflix alquila pel√≠culas, o los venden con la condici√≥n de que se puedan usar o revender s√≥lo bajo condiciones muy estrictas. Algunas empresas ya ofrecen "taquillas de datos" para facilitar intercambios seguros de este tipo.Entonces, si lo que quieres es defender el "derecho a la privacidad" en s√≠ mismo, convertir los datos en una mercanc√≠a podr√≠a resolver tus dudas. La NSA seguir√≠a teniendo lo que quiere; pero si te preocupa que nuestra informaci√≥n privada es demasiado l√≠quida y hemos perdido el control sobre su movimiento, un modelo de negocios inteligente emparejado con un r√©gimen de gesti√≥n de derechos digitales potente podr√≠a resolverlo.Mientras, las instituciones dedicadas a ejercer de "gobierno ni√Īera" tambi√©n querr√°n estos datos. Quiz√° est√©n dispuestas pagar una peque√Īa cantidad o a prometer una rebaja fiscal por el privilegio de darte los consabidos "empujoncitos" m√°s adelante, con la ayuda de los datos de tu smartphone. Ganan los consumidores, ganan los emprendedores, ganan los tecn√≥cratas. La privacidad, ya sea de una forma u otra, tambi√©n queda protegida. ¬ŅQui√©n pierde entonces? Si has estudiado tu Simitis, ya conoces la respuesta: la democracia.Y no es s√≥lo porque el alambre de espino invisible seguir√≠a en su sitio. Tambi√©n deber√≠an preocuparnos las implicaciones para la justicia y la igualdad. Por ejemplo, mi decisi√≥n de proporcionar informaci√≥n personal, aunque s√≥lo sea a mi aseguradora, inevitablemente tendr√° implicaciones para otras personas, muchas de ellas con menos medios. La gente que dice que hacer un seguimiento de su estado de salud o su localizaci√≥n s√≥lo es una elecci√≥n afirmativa a la que pueden renunciar, sabe muy poco sobre c√≥mo piensan las instituciones. Una vez que haya una masa cr√≠tica suficiente de personas que se hagan autoseguimiento -y la mayor√≠a de ellos probablemente obtengan algo a cambio- a quienes se nieguen ya no se les ver√° como individuos raritos que ejercen su autonom√≠a. No, se les considerar√° desviados que tienen algo que ocultar. Su seguro m√©dico ser√° m√°s caro. Si no perdemos de vista este hecho, nuestra decisi√≥n de autoseguirnos no ser√° tan sencilla de reducir a un inter√©s econ√≥mico ego√≠sta; en alg√ļn punto, pueden entrar en juego consideraciones morales. ¬ŅDe veras quiero compartir mis datos y conseguir un cup√≥n que no necesito, si eso significa que otra persona que ya est√° pluriempleada por necesidad tenga que acabar pagando m√°s? Este tipo de preocupaciones morales son irrelevantes si delegamos la toma de decisiones en manos de "mayordomos electr√≥nicos".Pocos hemos tenidos dudas morales sobre los programas para compartir datos, pero eso podr√≠a cambiar. Antes de que el medio ambiente fuera una preocupaci√≥n global, pocos nos tom√°bamos en serio la idea de coger el transporte p√ļblico si pod√≠amos conducir. Antes de que el consumo √©tico se convirtiera en una preocupaci√≥n global, nadie habr√≠a pagado m√°s por un caf√© que sabe igual pero es de comercio justo. Pensemos en una camiseta barata en una tienda. Quiz√° sea completamente legal comprarla, pero despu√©s de d√©cadas de duro trabajo por parte de los activistas, una etiqueta que pone "Made in Bangladesh" nos hace detenernos antes de comprar. Quiz√° temamos que est√© hecha por ni√Īos o adultos explotados. O, habi√©ndolo pensado, quiz√° queramos comprar la camiseta porque esperamos que sirva para mantener el trabajo de un ni√Īo que de otra forma se ver√≠a obligado a prostituirse. ¬ŅQu√© es lo correcto en este caso? No lo sabemos, as√≠ que investigamos un poco. Este tipo de escrutinio no se puede aplicar a todo lo que compramos, o nunca saldr√≠amos de la tienda. Pero los intercambios de informaci√≥n -el ox√≠geno de la vida democr√°tica- deber√≠an entrar en la categor√≠a de "pensar m√°s, no menos". No es algo que se pueda delegar en manos de un "mayordomo electr√≥nico", no si no queremos eliminar la dimensi√≥n pol√≠tica de nuestra vida.

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Tambi√©n deber√≠a preocuparnos la sugerencia de que podemos reducir el problema de la privacidad a su dimensi√≥n legal. La pregunta que nos hemos estado haciendo a lo largo de las dos √ļltimas d√©cadas -¬ŅC√≥mo podemos asegurarnos de tener un mayor control sobre nuestra informaci√≥n personal?- no puede ser la √ļnica que nos hagamos. A menos que aprendamos y continuamente reaprendamos c√≥mo promueve e impide la vida democr√°tica la informaci√≥n automatizada, las respuestas a esta pregunta podr√≠an ser in√ļtiles, sobre todo si el r√©gimen democr√°tico necesario para ejercitar cualesquiera que sean, se descompone mientras tanto.Intelectualmente, al menos, est√° claro lo que hay que hacer: enfrentarse a la pregunta, no s√≥lo en sus dimensiones econ√≥mica y legal, sino tambi√©n en una dimensi√≥n pol√≠tica, ligando el futuro de la privacidad al futuro de la democracia, rechazando reducir la cuesti√≥n de la privacidad a un asunto de los mercados o de las leyes. ¬ŅQu√© significa esta idea filos√≥fica en la pr√°ctica?Para empezar, debemos politizar el debate en torno a la privacidad y a compartir informaci√≥n. Articular la existencia -y las profundas consecuencias pol√≠ticas- del alambre de espino invisible ser√≠a un buen principio. Debemos examinar detenidamente las formas de resoluci√≥n de problemas que hacen un uso intensivo de los datos y sacar a la luz el hecho de que en ocasiones tienen un car√°cter antidemocr√°tico. A veces, debemos aceptar mayores riesgos, imperfecciones, improvisaci√≥n, e ineficacia para mantener vivo el esp√≠ritu democr√°tico.En segundo lugar, debemos aprender a sabotear el sistema, quiz√° neg√°ndonos a hacer autoseguimiento. Si negarnos a registrar nuestro consumo cal√≥rico o nuestra localizaci√≥n es la √ļnica forma de conseguir que los legisladores aborden las causas estructurales de problemas como la obesidad o el cambio clim√°tico -y no s√≥lo juguetear con sus s√≠ntomas a trav√©s de peque√Īos empujoncitos al ciudadano- los boicots de informaci√≥n quiz√° est√©n justificados. Negarse a obtener dinero de tus propios datos puede ser un acto tan pol√≠tico como negarse a conducir un coche o a comer carne. La privacidad podr√≠a resurgir entonces como un instrumento pol√≠tico para mantener el esp√≠ritu democr√°tico vivo: queremos espacios privados porque seguimos creyendo en nuestra capacidad para reflexionar sobre los males del mundo y de encontrar una forma de arreglarlos, y preferimos no entregar esta capacidad a los algoritmos y los bucles de retroalimentaci√≥n.En tercer lugar, necesitamos m√°s servicios digitales provocativos. No es suficiente que un sitio web nos anime a decidir qui√©n debe ver nuestros datos, sino que deber√≠a despertar nuestra propia imaginaci√≥n. Bien dise√Īados, los sitios no conducir√≠an a los ciudadanos ni a guardar celosamente su informaci√≥n privada ni a compartirla, sino que revelar√≠an las dimensiones pol√≠ticas ocultas que conllevan los distintos actos de compartir informaci√≥n. No queremos un mayordomo electr√≥nico, queremos un provocador electr√≥nico. En vez de la en√©sima aplicaci√≥n para decirnos cu√°nto dinero podemos ahorrar siguiendo nuestra rutina de ejercicio, necesitamos una aplicaci√≥n que nos diga cu√°nta gente es probable que pierda su seguro m√©dico si la industria de las aseguradoras tiene los mismos datos que la NSA, la mayor√≠a, aportados por consumidores como nosotros. Con el tiempo, quiz√° distingamos esas dimensiones solos, sin ayudas tecnol√≥gicas.Por √ļltimo, tenemos que abandonar ideas preconcebidas sobre c√≥mo funcionan y se interconectan nuestros servicios digitales. Si no, seremos v√≠ctimas de la misma l√≥gica que ha constre√Īido la imaginaci√≥n de tant√≠simos defensores de la privacidad bienintencionados que creen que defender el "derecho a la privacidad" -no luchar para conservar la democracia- es lo que deber√≠a mover la pol√≠tica p√ļblica. Aunque muchos activistas de internet defender√°n lo contrario, lo que le suceda a internet tiene una importancia secundaria. Igual que con la privacidad, nuestro objetivo principal deber√≠a ser el destino de la propia democracia.Despu√©s de todo, en 1967 Paul Baran no tuvo la suerte de saber en qu√© se convertir√≠a internet. Eso no le impidi√≥ ver los posibles beneficios y los peligros de los servicios de computaci√≥n. Abandona la idea de que internet cay√≥ en desgracia lo largo de la √ļltima d√©cada. Liberarnos de esa malinterpretaci√≥n de la historia podr√≠a ayudarnos a abordar las amenazas antidemocr√°ticas del futuro digital.Fuentes: Evgeny Morozov para Technology Review, Signos de estos Tiempos

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