Wooden statues in the Church of the Purgatory. "Chiesa delle Anime del Porgatorio". Ibla, Ragusa. Val di Noto, Unesco World Heritage.

‚Äć

Desvelé mi Hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no hay acto de confianza mayor entre amigos que el de desvelar al amigo el propio dolor.
Ni la risa ni el beso son la prueba suprema del amor, sino el llanto y el dolor comunicados al amigo.
T√ļ, amiga m√≠a, lo has conocido.
Porque estuviste en el Getsemaní.
Ahora est√°s en la Cruz y pruebas penas de muerte.
Ap√≥yate en tu Se√Īor mientras que √Čl te da una Hora de preparaci√≥n para la muerte‚ÄĚ.

UNO

‚ÄúPadre m√≠o, si es posible, que pase de m√≠ este c√°liz‚ÄĚ.

‚ÄćNo es una de las siete Palabras de la Cruz, pero es ya palabra de pasi√≥n.

Es el primer acto de la Pasión que se inicia.

Es la preparación necesaria para las demás fases del holocausto.

Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad y oración en la que se trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma, la voluntad del espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.

‚Äú¬°Padre...!‚ÄĚ. ¬°Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y para la mente, mientras que se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra vida, sobre lo desconocido, sobre el juicio.

El hombre, siempre un infante aunque sea centenario, es como un ni√Īo asustado que se ha quedado solo y busca el seno de Dios.

Marido, mujer, hermanos, hijos, padres, amigos...

Lo eran todo mientras que la vida estaba lejos de la muerte, mientras que la muerte era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas lejanas.

Pero ahora que la muerte sale de entre los velos y avanza, se invierte la situaci√≥n, y son los padres, los hijos, los amigos, los hermanos, el marido y la mujer quienes pierden sus rasgos definidos, su valor afectivo, empa√Ī√°ndose ante el avance de la muerte.

Como voces que se van debilitando con la distancia, las cosas de la tierra van perdiendo vigor a la vez que lo adquiere lo del más allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano... Y un movimiento de miedo se apodera de la criatura.

Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el medio extremo de expiación concedido al hombre.

Hasta que no existió la Culpa, la muerte no fue tal sino dormición.

Y donde no hubo culpa tampoco hubo muerte, como ocurrió con María Santísima.Yo morí porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado, y conocí el horror de morir.

‚Äú¬°Padre!‚ÄĚ. ¬°Oh!, este Dios tantas veces no amado o amado en √ļltimo lugar, despu√©s de que el coraz√≥n am√≥ a parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con criaturas viciosas o am√≥ las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que permiti√≥ que se le olvidase, que nos dej√≥ libres de olvidarle, que dej√≥ hacer, que a veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aqu√≠ que vuelve a surgir en la mente del hombre recobrando sus derechos.

Brama: ‚Äú¬°Yo soy!‚ÄĚ y para no hacernos morir de espanto con la revelaci√≥n de su poder, mitiga ese potente ‚ÄúYo soy‚ÄĚ con una palabra suave: ‚ÄúPadre‚ÄĚ.‚ÄúYo soy tu Padre‚ÄĚ.

Y ya no es terror, sino abandono en √Čl, el sentimiento que despierta esta palabra.

Yo, Yo que deb√≠a morir y comprend√≠a lo que es morir despu√©s de haber ense√Īado a los hombres a vivir llamando ‚ÄúPadre‚ÄĚ al Alt√≠simo Yahveh, os ense√Ī√© a morir sin terror llamando ‚ÄúPadre‚ÄĚ al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la agon√≠a o se hace m√°s presente al esp√≠ritu del moribundo.

‚Äú¬°Padre!‚ÄĚ.

¡No temáis! ¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre!

No se presenta justiciero, provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos de la vida y de los afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a tu morada.

Ven al descanso.

Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas aquí.

Y, te lo juro, en mi seno har√°s mucho m√°s a favor de los que dejas aqu√≠ que no permaneciendo aqu√≠ abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada‚ÄĚ.

Pero la muerte siempre es dolor.

Dolor por el sufrimiento f√≠sico, dolor por el sufrimiento moral, dolor por el sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si ha de ser el medio para la √ļltima expiaci√≥n en el tiempo.

Y en un fluctuar de nieblas, que ocultan y descubren, altern√°ndose, lo que en la vida se am√≥, y lo que nos hace temer el m√°s all√°, el alma, la mente, el coraz√≥n, como nave atrapada en una gran tempestad, pasan ‚Äďde zonas tranquilas que gozan ya de la paz del inminente puerto, ya cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud beat√≠fica y una sensaci√≥n de reposo semejante al de quien, a punto de dar por concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del pr√≥ximo descanso‚Äď pasan a zonas en las que la tempestad les sacude, les azota y les hace sufrir; aterrarse y gemir.

Es de nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tent√°culos: familia, negocios; es la angustia de la agon√≠a, es el pavor del √ļltimo paso...

¬ŅY despu√©s? ¬ŅY despu√©s...? La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores...

¬ŅD√≥nde est√° ya el Cielo? ¬ŅPor qu√© morir? ¬ŅPor qu√© tener que morir? Y el grito borbotea ya en la garganta: ‚Äú¬°No quiero morir!‚ÄĚ.

No, hermanos míos que morís porque justo, santo es el morir al ser la voluntad de Dios. No. ¡No gritéis así! Ese grito no viene de vuestra alma.

Es el Adversario que sugestiona vuestra debilidad haciéndooslo proferir.

Transformad el grito rebelde y vil en un grito de amor y de confianza: ‚ÄúPadre, si es posible, que pase de m√≠ este c√°liz‚ÄĚ. Como el arco iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz, la calma.

De nuevo veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que es retornar al Padre, y entonces comprend√©is que tambi√©n el esp√≠ritu, o mejor dicho, que el esp√≠ritu tiene derechos superiores a los de la carne porque √©l es eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre la carne, y entonces pronunci√°is la palabra que os absuelve de todos vuestros pecados de rebeli√≥n: ‚Äúpero no se haga mi voluntad sino la tuya‚ÄĚ.

Aquí está la paz, aquí la victoria.

El √°ngel de Dios os ci√Īe y os conforta porque ganasteis la batalla preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.

DOS

‚Äú¬°Padre, perd√≥nales!‚ÄĚ. Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con mayor seguridad a Dios.

No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que no sean espirituales y buenas.

Y no hay hombre que muera sin tener algo que perdonar a alguno o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por m√ļltiples motivos.

¬ŅQu√© hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traici√≥n, de un desamor, de un enga√Īo, de un abuso o de otro da√Īo cualquiera de parte de parientes, consortes o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser perdonados.

Perdonar completamente, dejando a un lado, no sólo el rencor y el recuerdo sino hasta la persuasión de que el motivo de nuestro rencor era justo.

Es la hora de la muerte. El tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a ‚Äúnada‚ÄĚ. Ya solo existe una ‚Äúverdad‚ÄĚ: Dios.

¬ŅPara qu√©, pues, llevar m√°s all√° de los umbrales lo que es de la parte de ac√° de los mismos?Perdonar.

Y, dado que llegar a la perfecci√≥n del amor y del perd√≥n ‚Äďque consiste en no decir siquiera: ‚Äúcon todo yo ten√≠a raz√≥n‚ÄĚ‚Äď es muy dif√≠cil, demasiado dif√≠cil para el hombre, debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros.

Entregarle nuestro perd√≥n a √Čl que no es hombre, que es perfecto, que es bueno, que es Padre, para que √Čl lo depure con su Fuego y se lo d√©, una vez perfeccionado, a quien merezca el perd√≥n.

Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí. También a los muertos que nos causaron dolor.

La muerte lim√≥ muchas aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quit√≥ todas. Pero, a√ļn perdura el recuerdo.

Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir. Este recuerdo pone siempre un límite a nuestro perdón.

No. Ya no m√°s.

Ahora la muerte está a punto de quitar todo límite al espíritu. Se penetra en el infinito. Hay que eliminar, por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón.

Perdonar, perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los recuerdos y pueda estar en paz con todos los hermanos vivos o penantes, antes de encontrarse con el Pacífico.

‚Äú¬°Padre, perd√≥nales!‚ÄĚ. Santa humildad, dulce amor del perd√≥n otorgado, que sobreentiende el perd√≥n que se pide a Dios por las ofensas para con √Čl y para con el pr√≥jimo, que tiene todo aquel que pide perd√≥n para los hermanos. Acto de amor.

Morir en un acto de amor es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben perdonar en expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.

TRES

‚ÄúHe aqu√≠ a tu hijo‚ÄĚ. ¬°He aqu√≠ a tu hijo! Hacer cesi√≥n de lo que nos es querido con previsor y santo pensamiento; abandonar los afectos y abandonarse a Dios sin resistencia.

No envidiar al que posee lo que dejamos.

Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que más os interesa y que abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio espíritu.

Recordar al Padre que es Padre.

Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente. Decirle: “Heme aquí. Aquí estoy.

Tómame contigo porque me dono a Ti.

No cedo forzado por las circunstancias.

Me dono porque te amo como hijo que torna a su padre‚ÄĚ.Y decirle: ‚ÄúHe aqu√≠.

√Čstos son mis seres queridos; te los entrego.

√Čstos son mis negocios que alguna vez me hicieron ser injusto, envidioso del pr√≥jimo, y que hicieron que me olvidase de Ti porque me parec√≠an ‚Äďlo eran ciertamente, si bien yo los ten√≠a por m√°s de lo que eran‚Äď me parec√≠an de capital importancia para el bienestar de los m√≠os, para mi honor y por el aprecio que me proporcionaban.

Creí también que sólo yo fuese capaz de administrarlos.

Me creí necesario para llevarlos a cabo.

Ahora veo... que eran tan sólo una pieza insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia, y muchas veces, un mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo del organismo perfecto.

Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo se va alejando, veo... siento... ¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas eran mis obras! ¡cómo desentonaban con el Bien!

Presum√≠ de ser ‚Äěalguien?. T√ļ eras quien ‚Äďprevisor, providente y santo‚Äď correg√≠as mis trabajos y los hac√≠as √ļtiles.

Presum√≠. Alguna vez incluso dije que no me amabas porque no me acompa√Īaba el √©xito en lo que emprend√≠a, como a aquellos a los que yo envidiaba.

Ahora lo veo.

Ten compasi√≤n de m√≠!‚ÄĚ.

Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas humanas y con gula de toda suerte de riqueza.

CUATRO

‚ÄúAcu√©rdate de m√≠‚ÄĚ. Hab√©is aceptado el c√°liz de la muerte, hab√©is perdonado y cedido lo que era vuestro, incluso hasta a vosotros mismos.

Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado al alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y de codicia.

Hab√©is cedido al Se√Īor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la m√°s pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas.

Nuevos Jobs, os encontr√°is desfallecidos y despojados ante Dios.

Entonces pod√©is decir: ‚ÄúAcu√©rdate de m√≠‚ÄĚ.Ya no sois nada. Ni salud, ni arrogancia, ni riqueza.

No sois due√Īos ni de vosotros mismos.

Sois oruga con posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la cárcel del cuerpo causando una postrer herida a vuestro espíritu.

Sois fango que torna al fango o fango que se transforma en estrella seg√ļn prefir√°is descender en la cloaca del Adversario o ascender en el v√≥rtice de Dios.

La √ļltima hora decide la vida eterna. Record√°oslo.

Y gritad: ‚Äú¬°Acu√©rdate de m√≠!‚ÄĚDios aguarda aquel grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino.

Para un Padre es dulce perdonar, intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os dice:‚ÄúHijo, estoy contigo. No temas‚ÄĚ.

Pronunciad esta palabra a fin de reparar las veces que os olvidaseis del Padre o fuisteis soberbios.

CINCO

‚ÄúDios m√≠o, ¬Ņpor qu√© me has abandonado?‚ÄĚ A veces parece que Dios abandona.

Pero sólo se ha escondido para que aumente la expiación y conceder así mayor perdón.

¬ŅPuede el hombre lamentarse de ello con ira cuando √©l abandon√≥ infinitas veces a Dios? Y ¬Ņdebe desesperarse porque Dios le pruebe?¬°Cu√°ntas cosas pusisteis en vuestro coraz√≥n que no eran Dios!

¬°Cu√°ntas veces fuisteis indolentes con √Čl! Con cu√°ntas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros!

Llenasteis vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo porque temíais que Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y purificar su templo echando de él a los usurpadores.

¬ŅQu√© os importaba de Dios mientras fuisteis felices?Os dec√≠ais: ‚ÄúTengo ya de todo porque me lo he ganado‚ÄĚ.

Y cuando no fuisteis felices ¬Ņacaso no huisteis de Dios culp√°ndole de vuestro mal?¬°Oh! hijos injustos que beb√©is el veneno, que os introduc√≠s en los laberintos, que os arroj√°is a los precipicios, a las guaridas de las serpientes y otras fieras y despu√©s dec√≠s:‚ÄúDios tiene la culpa‚ÄĚ.

Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¬Ņqu√© habr√≠a de responder a vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os olvidasteis de √Čl? ¬°Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como est√°is, pretend√©is ser tratados como no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto.

Decid, ¬Ņqui√©n estuvo m√°s abandonado? ¬ŅNo fue acaso Cristo, el Inocente, quien para salvar acept√≥ el abandono total de Dios tras haberle amado activamente siempre? ¬ŅNo llev√°is acaso vosotros el nombre de ‚Äúcristianos‚ÄĚ? Y ¬Ņno ten√©is el deber de salvaros siquiera a vosotros mismos?

En la turbia desidia, que se complace en sí misma y teme las molestias de acoger al Activo, no hay salvación.Imitad pues a Cristo, lanzando este grito en el momento de mayor angustia. Pero haced que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de blasfemia ni de reproche.

‚Äú¬ŅPor qu√© me has abandonado T√ļ que sabes que sin Ti nada puedo? Ven Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a m√≠ mismo, porque son horribles las apreturas de la muerte y el Adversario acrecienta ingeniosamente su poder susurr√°ndome que T√ļ ya no me amas.

D√©jate o√≠r, Padre, no por mis m√©ritos, sino precisamente porque soy una nada sin valor alguno que no sabe vencer si est√° s√≥lo, y que ahora comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo‚ÄĚ.

Está dicho: ¡Ay de los que se encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de la muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis.

Si llam√°is al Padre, √Čl acudir√°. Y este humilde invocarlo expiar√° vuestras culpables torpezas para con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que os hacen indolentes.

SEIS

‚ÄúTengo sed‚ÄĚ.

‚ÄćS√≠, verdaderamente, cuando se ha entendido el verdadero valor de la vida eterna respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como santa obediencia la purificaci√≥n del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en pocos minutos tal vez, se ha crecido en sabidur√≠a y en gracia ante Dios m√°s de cuanto se hubiera crecido en muchos a√Īos de vida, viene una sed profunda de aguas celestiales, de cosas celestiales.

Est√°n vencidas las lujurias de toda la sed humana, pero viene la sed sobrenatural de poseer a Dios.

La sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser absorbida por él.

Como el agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en fango sino tornar a ser nube, así ahora el alma tiene sed de subir al lugar del que descendió.

A punto de quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras del Lugar de origen y lo anhela con todo su ser.

¬ŅCu√°l es el peregrino exhausto que, viendo ya pr√≥ximo, tras largos a√Īos, el lugar nativo, no concentra todas sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de todo lo que no sea llegar al sitio del que un d√≠a parti√≥ dejando en √©l su verdadero bien que ahora est√° seguro de recobrar y de gustar mucho m√°s, dada la experiencia que tiene del pobre bien que no sacia y que encontr√≥ en el lugar del exilio?‚ÄúTengo sed‚ÄĚ.

Sed de Ti, mi Dios.

Sed de tenerte.

Sed de poseerte.

Sed de darte.

Porque en los umbrales entre la Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe, el amor al prójimo, y viene un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que dejamos.

Es la santa laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos en espiga, se desbordan en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios aquel que a√ļn est√° debati√©ndose en las luchas de la Tierra.

‚ÄúTengo sed‚ÄĚ. Una vez llegada el alma a los umbrales de la Vida, no hay m√°s que un agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo.

Amor contrapuesto al egoísmo.El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor que grita: “Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar.

Morir para gozar de la libertad de amar y de salvar.

Morir para nacer. Dejar para poseer.

Rechazar toda dulzura, todo consuelo, porque todo lo de aqu√≠ abajo es vanidad y lo que el alma tan s√≥lo quiere es anegarse en el r√≠o, en el oc√©ano de la Divinidad, beber de Ella, estar en Ella sin tener m√°s sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida‚ÄĚ.

Hay que tener esta sed en reparación del desamor y de la lujuria.

SIETE

‚ÄúTodo est√° cumplido‚ÄĚ. Todas las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las victorias, las ofrendas: todo.

Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el tiempo concedido a la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que el concedido a Satanás para tentarla.

Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan √ļnicamente el juicio y la amorosa purificaci√≥n, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo.

Cuanto es Tierra y voluntad humana llegó a su fin.

¬°Todo est√° cumplido! √Čsta es la palabra de la completa resignaci√≥n o del gozoso reconocimiento de haber terminado la prueba y consumado el holocausto.

No me refiero aqu√≠ a los que mueren en pecado mortal, quienes no dicen: ‚Äútodo est√° cumplido‚ÄĚ, sino que, con un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el √°ngel de las tinieblas, victorioso y el √°ngel de la guarda, vencido.

Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los h√©roes de la virtud. √Čstos, cada vez m√°s vivos en su esp√≠ritu al tiempo que la muerte se apodera de la carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos: ‚ÄúTodo est√° consumado.

El sacrificio ha terminado. ¬°T√≥malo como expiaci√≥n m√≠a! ¬°T√≥malo como mi ofrenda de amor!‚ÄĚ As√≠ dicen los esp√≠ritus con la pen√ļltima palabra, seg√ļn sea que sufran la muerte por ley com√ļn o, como almas v√≠ctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.

Pero tanto unas como otras, una vez llegadas a la liberaci√≥n de la materia, reclinan su esp√≠ritu en el seno de Dios diciendo: ‚ÄúPadre, en tus manos encomiendo mi esp√≠ritu‚ÄĚ.‚ÄúMar√≠a, ¬Ņsabes lo que supone expirar con esta elevaci√≥n hecha viva en el coraz√≥n?

Es expirar en el beso de Dios. Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, cr√©eme, √©sta, basada en mis palabras, es, dentro de su sencillez, la m√°s santa de todas‚ÄĚ.

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